Clase del 12/08/20 - Clase teórica
CLASE DEL 12-08-20 historia3nuevosol2020.blogspot.com
Lo que me contó Miró (Lucio V. Mansilla)
Estamos en la estancia "del Pino". Mejor dicho: están tomando
el fresco bajo el árbol que le da su nombre a la estancia, don Juan Manuel
Rosas y su amigo el señor don Mariano Miró (el mismo que edificó el gran
palacio de la plaza Lavalle, propiedad hoy día de la familia de Dorrego).
De repente (cuento lo que me contó el señor Miró) don Juan Manuel interrumpe el
coloquio, tiende la vista hasta el horizonte, la fija en una nubecilla de
polvo, se levanta, corre, va al palenque donde estaba atado de la rienda su
caballo, prontamente lo desata, monta de salto y parte... diciéndole al señor
Miró: “Dispense, amigo, ya vuelvo”.
Al trote rumbea en dirección a los polvos, galopa; los polvos parecen
moverse al unísono de los movimientos de don Juan Manuel. Miró mira: nada ve,
Don Juan Manuel apura su flete que es de superior calidad; los polvos se apuran
también. Don Juan Manuel vuela; los polvos huyen, envolviendo a un jinete que
arrastra algo. Don Juan Manuel con su ojo experto, ayudado por la milicia
gauchesca, tuvo la visión de lo que era la nubecilla de polvo aquella, que le
había hecho interrumpir la conversación. “Un cuatrero”, se dijo, y no titubeó.
En efecto, un gaucho había pasado cerca de una majada y sin detenerse
había enlazado un capón y lo arrastraba, robándolo. El gaucho vio desprenderse
un jinete de las casas. Lo reconoció, se apuró. Don Juan Manuel se dijo:
“Caray..." De ahí la escena... Don Juan Manuel castiga su caballo. El
gaucho entonces suelta el capón con lazo y todo, comprendiendo que a pesar de
la delantera que llevaba no podía escaparse por bien montado que fuera, si no
largaba la presa.
Aquí ya están casi encima el uno del otro. El gaucho mira para atrás y
rebenquea su pingo (a medida que don Juan Manuel apura el suyo) y corta el
campo en diversas direcciones con la esperanza de que se le aplaste el caballo
a don Juan Manuel.
Entran ambos en un vizcacheral. Primero, el gaucho; después, don Juan
Manuel; pero el obstáculo hace que don Juan Manuel pueda acercársele al gaucho.
Rueda éste; el caballo lo tapa. Rueda don Juan Manuel; sale parado con la
rienda en la mano izquierda y con la derecha lo alcanza al gaucho, lo toma de
una oreja, lo levanta y le dice:
– Vea, paisano, para ser buen cuatrero es
necesario ser buen gaucho y tener buen pingo...
Y, montando, hace que el gaucho monte en ancas de su caballo; y se lo
lleva, dejándolo a pie, por decirlo así; porque la rodada había sido tan feroz
que el caballo del gaucho no se podía mover. La fuerza respeta a la fuerza; el
cuatrero estaba dominado y no podía escurrírsele en ancas del caballo de don
Juan Manuel, sino admirarlo, y de la admiración al miedo no hay más que un
paso. Don Juan Manuel volvió a las casas con su gaucho, sin que Miró por más
que mirara, hubiera visto cosa alguna discernible...
– Apéese, amigo – le dijo al gaucho, y enseguida se
apeó él, llamando a un negrito que tenía. El negrito vino, Rosas le habló al
oído, y dirigiéndose enseguida al gaucho, le dijo:
– Vaya con ese hombre, amigo.
Luego volvió con el señor Miró, y sin decir una palabra respecto de lo que
acababa de suceder, lo invitó a tomar el hilo de la conversación interrumpida,
diciéndole:
– Bueno, usted decía...
Salieron
al rato a dar una vuelta, por una especie de jardín, y el señor Miró vio a un
hombre en cuatro estacas. Notado por don Juan Manuel, le dijo sonriéndose.
– Es el paisano ése...
Siguieron andando, conversando... La puesta del sol se acercaba; el señor
Miró sintió unos como palos aplicados en cosa blanda, algo parecido al ruido
que produce un colchón enjuto, sacudido por una varilla, y miró en esa
dirección. Don Juan Manuel le dijo entonces, volviéndose a sonreír, haciendo
con la mano derecha ese movimiento de un lado a otro con la palma para arriba,
que no dejaba duda:
– Es el paisano ése...
Un momento después se presentó el negrito y dirigiéndose a su patrón, le
dijo:
– Ya está, mi amo.
– ¿Cuántos?
– Cincuenta, señor.
– Bueno, amigo don Mariano, vamos a comer...
El
sol se perdía en el horizonte iluminado por un resplandor rojizo, y habría sido
menester ser casi adivino para sospechar que aquel hombre, que se hacía
justicia por su propia mano, sería en un porvenir no muy lejano, señor de
vidas, famas y haciendas, y que en esa obra de predominio serían sus
principales instrumentos algunos de los mismos azotados por él. Don Juan Manuel
le habló al oído otra vez al negrito, que partió, y tras de él, muy lentamente,
haciendo algunos rodeos, ambos huéspedes.
Llegan a las casas y entran en la pieza que servía de comedor. Ya era oscuro.
En el centro había una mesita con mantel limpio de lienzo y tres cubiertos,
todo bien pulido. El señor Miró pensó: “¿quién será el otro...?"
No preguntó nada. Se sentaron, y cuando don Juan Manuel empezaba a servir el
caldo de una sopera de hoja de lata, le dijo al negrito que había vuelto ya:
– Tráigalo, amigo –. Miró no entendió.
A los pocos instantes entraba, todo entumido, el gaucho de la rodada.
– Siéntese, paisano – le dijo don Juan
Manuel, endilgándole la otra silla. El gaucho hizo uno de esos movimientos que
revelan cortedad; pero don Juan Manuel lo ayudó a salir del paso, repitiéndole – Siéntese no más, paisano, siéntese y coma.
El
gaucho obedeció, y entre bocado y bocado hablaron así:
– ¿Cómo se llama, amigo?
– Fulano de tal.
– Y, dígame, ¿es casado o soltero?... ¿o tiene hembra?...
– No señor – dijo sonriéndose el guaso – ¡si soy casado!
– Vea, hombre, y... ¿tiene muchos hijos?
– Cinco, señor.
– Y ¿qué tal moza es su mujer?
– A mí me parece muy regular, señor...
– Y usted ¿es pobre?
– ¿Eh!, señor, los pobres somos pobres siempre...
– Y ¿en qué trabaja?...
– En lo que cae, señor...
– Pero también de cuatrero, ¿no?...
El gaucho se puso todo colorado y contestó:
– ¡Ah!, señor, cuando uno tiene mucha familia suele andar medio apurado...
– Dígame amigo, ¿no quiere que seamos compadres? ¿No está preñada su mujer?–
El gaucho no contestó. Don Juan Manuel prosiguió.
– Vea, paisano; yo quiero ser padrino del primer hijo que tenga su mujer y le
voy a dar unas vacas y unas ovejas, y una manada y una tropilla, y un lugar por
ahí, en mi campo, y usted va a hacer un rancho, y vamos a ser socios a medias. ¿Qué
le parece?...
– Como usted diga, señor.
Y don Juan Manuel, dirigiéndose al señor Miró le dijo:
– Bueno, amigo don Mariano, usted es testigo del trato, ¿eh?...
Y luego, dirigiéndose al gaucho agregó:
– Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?...
– Sí, señor.
La
comida tocaba a su término. Don Juan Manuel, dirigiéndose al negrito y
mirándolo al gaucho, prosiguió:
– Vaya amigo, descanse; que se acomode
este hombre en la barraca, y si está muy lastimado que le pongan salmuera.
Mañana hablaremos; pero tempranito, vaya y vea si campea ese matungo, para que
no pierda sus pilchas... y degüéllelo... que eso no sirve sino para el cuero, y
estaquéelo bien, así como estuvo usted por zonzo y mal gaucho... – Y el paisano
salió.
Y don
Mariano Miró, encontraba aquella escena del terruño propia de los fueros de un
señor feudal de horca y cuchillo, muy natural, muy argentino, muy americano,
nada vio...
Un párrafo más, y concluyo.
El cuatrero fue compadre de don Juan Manuel, su socio, su amigo, su servidor
devoto, un federal en regla. Llegó a ser rico y jefe de graduación.
Lucio V. Mansilla
(Extraído
de “Rosas, visto por sus contemporáneos” de José Luis Busaniche)

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